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La Isla: del amor y otras pulsiones.

El cine de verdad es mucho más que audio visual, llega a todos los sentidos. Es el caso de esta película, que estruje el tacto, estimula la percepción, transgrede el amor como sexo, excita lo perverso y contradictorio.

Es una historia de amor, de un policía fugitivo y de una chica que alquila casas flotante para la pesca y la prostitución.

Ella también se prostituye, más por costumbre, que por necesidad. Alejada de ella misma su vida transcurre cómo un ente, no habla y lo hace todo por habito, iluminada por la belleza del lugar.

El amor tiene tanto de oscuridad como de luz, tanto de belleza cómo de fealdad, dolor tanto como placer, grotesco tanto como sensible, desgarrador tanto como apacible; en realidad lo uno conlleva a lo otro, como el dolor que se transforma el placer.

Deleuze, en la imagen-movimiento, hace un acercamiento a la imagen-pulsión, que estaría entre la afección y la acción: afección degenerada, mundos originarios, eterno retorno, fragmentos que buscan saciarse, derivando en prevenciones. En esta película, la pulsión utiliza parte del amor para justificar sus perversiones, o le arranca al amor un fragmento, para ultrajarlo, el instinto se ve desfigurado,  desmantela todo tratado, lo destruye todo. Pero es justamente en esta devastación, en donde vuelve a surgir o vuelve a iniciar, el afecto embrionario, este fragmento de amor devastado, tiene la posibilidad de volver a crecer.

Es así como se retrata el amor, que siempre en consecuencia será hermoso, por instantes supremos, que parece justificarlo todo.